La tan minoritaria y esporádica violencia de género contra hombres ha aumentado un 15 por ciento a tenor de las recientes estadísticas según el índice de asistencias sanitarias y las ya registradas denuncias policiales y judiciales. Ya sabemos que cualquier clase de violencia es un mal a erradicar, una lacra civil como acto deplorable y negativo socialmente, pero resulta curioso tan recién considerable incremento o brusco despunte al alza en cuanto a porcentaje de casos en que el hombre también sufre algún tipo de violencia física y psicológica.
Analizando la situación, especialistas como psicólogos, administraciones públicas -departamentos de servicios sociales-, juzgados -magistrados, abogados, tribunales- y fuerzas de seguridad -comisarías y policías-; todos parecen coincidir más o menos en señalar que las causas de tal incremento en la violencia hacia o contra el varón son, entre otras: la mayor proliferación de denuncias contra mujeres por parte de hombres, el aumento general de la violencia global en si -la sociedad es cada día más violenta, hay mayor agresividad en las familias y entre sexos- y el hecho de que la mujer se haya armado de valor decidiéndose a denunciar lo que antes callaba por temor a consecuencias trágicas. Digamos que la situación de la violencia de género o doméstica ha cambiado, se ha ido modificando muy rápido.
Ese porcentaje del 15 por ciento de hombres que presentaron denuncias por maltrato, agresiones y violencia contra sus esposas o ex-cónyuges, esconde una situación lamentable de fondo: la casi práctica totalidad de estos casos se debe más que a denuncias unilaterales -víctima versus agresora-, a un auténtico intercambio de maltratos conjuntos, vejaciones mútuas, agresiones compartidas, violencias recíprocas entre ambos; que resulta imposible culpar, penar o imputar a una de las dos partes implicadas porque se desconoce quién empezó primero. Lo que si se sabe es que ambos son culpables, autores, brazos y manos ejecutoras que se atacan y responden entre si. No hay uno de ellos que ceda, soporte, calle, aguante o se defienda pasivamente. Ni el otro u otra es quién únicamente actúa. Hombre y mujer, mujer y hombre, cual interminable set tenístico, liados a insultos, mamporros, humillaciones y acoso psicológico. Como dos boxeadores. Y la cocina, el salón, el pasillo o el dormitorio; convertidos en un ring de asalto.
En lo profundo de la situación, subyace el sufrimiento de los verdaderos 'mártires', de las principales víctimas reales: los menores de edad, los niños. Niños que asisten impotentes a escenas de violencia brutal entre sus padres. Seres indefensos y sensibles a hechos que les afectan y que pueden traumatizarles dejándoles secuelas para la adultez. Muchos de ellos conviven o malviven con la violencia a diario e incluso aparentemente no se percatan de ello y hasta abusan de video juegos agresivos y de cómics y films televisivos violentos aunque tan sólo lo sean tímida y subliminalmente. Fiel reflejo de la sociedad. La violencia y la agresividad sociales se reflejan, reproducen y desarrollan en el hogar. Cuanto más agresivo es el mundo exterior, más violencia puede darse en los mundos interiores -llámense 'familias y hogares'- y viceversa. Lo más grave es que no se vislumbra mejoría en esta escalada violenta entre sexos. Por ahora, estamos en el 15 por ciento. Pero, ¿y mañana?
Josep Esteve Rico Sogorb
Analizando la situación, especialistas como psicólogos, administraciones públicas -departamentos de servicios sociales-, juzgados -magistrados, abogados, tribunales- y fuerzas de seguridad -comisarías y policías-; todos parecen coincidir más o menos en señalar que las causas de tal incremento en la violencia hacia o contra el varón son, entre otras: la mayor proliferación de denuncias contra mujeres por parte de hombres, el aumento general de la violencia global en si -la sociedad es cada día más violenta, hay mayor agresividad en las familias y entre sexos- y el hecho de que la mujer se haya armado de valor decidiéndose a denunciar lo que antes callaba por temor a consecuencias trágicas. Digamos que la situación de la violencia de género o doméstica ha cambiado, se ha ido modificando muy rápido.
Ese porcentaje del 15 por ciento de hombres que presentaron denuncias por maltrato, agresiones y violencia contra sus esposas o ex-cónyuges, esconde una situación lamentable de fondo: la casi práctica totalidad de estos casos se debe más que a denuncias unilaterales -víctima versus agresora-, a un auténtico intercambio de maltratos conjuntos, vejaciones mútuas, agresiones compartidas, violencias recíprocas entre ambos; que resulta imposible culpar, penar o imputar a una de las dos partes implicadas porque se desconoce quién empezó primero. Lo que si se sabe es que ambos son culpables, autores, brazos y manos ejecutoras que se atacan y responden entre si. No hay uno de ellos que ceda, soporte, calle, aguante o se defienda pasivamente. Ni el otro u otra es quién únicamente actúa. Hombre y mujer, mujer y hombre, cual interminable set tenístico, liados a insultos, mamporros, humillaciones y acoso psicológico. Como dos boxeadores. Y la cocina, el salón, el pasillo o el dormitorio; convertidos en un ring de asalto.
En lo profundo de la situación, subyace el sufrimiento de los verdaderos 'mártires', de las principales víctimas reales: los menores de edad, los niños. Niños que asisten impotentes a escenas de violencia brutal entre sus padres. Seres indefensos y sensibles a hechos que les afectan y que pueden traumatizarles dejándoles secuelas para la adultez. Muchos de ellos conviven o malviven con la violencia a diario e incluso aparentemente no se percatan de ello y hasta abusan de video juegos agresivos y de cómics y films televisivos violentos aunque tan sólo lo sean tímida y subliminalmente. Fiel reflejo de la sociedad. La violencia y la agresividad sociales se reflejan, reproducen y desarrollan en el hogar. Cuanto más agresivo es el mundo exterior, más violencia puede darse en los mundos interiores -llámense 'familias y hogares'- y viceversa. Lo más grave es que no se vislumbra mejoría en esta escalada violenta entre sexos. Por ahora, estamos en el 15 por ciento. Pero, ¿y mañana?
Josep Esteve Rico Sogorb